SCOTTY & John
Aconcagua 2024-2025
Durante todo el año 2024, con Scotty nos mantuvimos en contacto tras su fallido intento de cumbre.
Ya fuera por entrenamiento o para acordar la fecha de regreso al Aconcagua, cada semana nos mandábamos algún mensaje. Por un lado, él estaba decidido a intentarlo otra vez; por el otro… nos habíamos hecho amigos.
John, a quien yo había conocido años atrás, también quería volver a intentarlo, ya que en su primer ascenso tampoco lo había logrado. Así que, tanto John como Scotty, siendo amigos, decidieron regresar juntos.
Como de costumbre, todo empezó —podríamos decir— meses antes con los correos correspondientes. Una vez que ellos me confirmaron el viaje, nos encontramos en la habitación del hotel para el sagrado momento de chequear el equipo.
Cuando entré a la habitación, cada uno parecía tener una juguetería, pero llena de cosas de montaña. Tenían equipo como para llegar a la cumbre del Everest. Por ese lado, no había de qué preocuparse.
Cenamos, hablamos un poco de la expedición y, al otro día, con los permisos listos, que gracias a Aconcagua Visión, que tenía todo preparado en tiempo y forma, fuimos a Puente del Inca (2719 m s. n. m.). A ese día lo llamaré: Día 1.
Día 1
A las 9:30 el transfer nos pasó a buscar por el hotel y, no sin antes detenernos para degustar las clásicas empanadas de Uspallata, llegamos a Puente del Inca.
Esas empanadas, tanto fritas como al horno, con el típico gustito de picadillo de carne bien argentino, son inigualables.
Llegamos y entregamos el equipo a los arrieros, aunque primero tuvimos que reorganizarlo, ya que parte debía ir directo a Plaza de Mulas y otra parte con nosotros hacia Confluencia: abrigo, bolsas de dormir y alguna otra cosa que íbamos a usar allí. Desde Horcones hasta Plaza de Mulas la idea era llevar solo una mochila con lo necesario para el trekking.
Una vez que el transfer nos dejó en Horcones, presentamos los permisos y comenzó el primer día de la expedición.
Una brisa parecía ahuyentar el calor y, además, el cielo estaba cubierto. Eso transformaba lo que muchas veces es un día con un sol que raja la tierra, en un paseo bajo las nubes.
Fue una jornada muy amena y, en poco más de tres horas, llegamos a Confluencia (3400 m s. n. m.). El staff de Aconcagua Visión nos estaba esperando —no solo con abrazos— sino también con jugos, frutas y una pizza incomparable.
Horas más tarde, más cerca de la cena, Scotty decidió estrenar su mate. Porque en la parada de Uspallata había visto varios en un negocio y quiso tener el suyo. Le aconsejé comprar uno de palo santo, ya que su aroma es peculiar y lo hace especial.
Esta vez no solo estaba con ganas de tomarse unos buenos mates, sino que su estómago también le pedía comida, sin ningún indicio de náuseas o malestares —cosa que había sucedido el año anterior—.
Scotty ahora venía preparado. No solo estaba decidido a llegar a la cima, sino que había acondicionado su cuerpo para tal cometido. Hacía apenas unos días había estado en Bolivia, a más de 5000 m s. n. m.
John, en cambio, venía utilizando una “carpa” que simula la altura en su casa. De hecho, la usaba para dormir y cada noche “dormía” a diferentes alturas. Esta técnica de preaclimatación es utilizada por muchas empresas para ascensiones rápidas y, si el cuerpo ya es fuerte, suele dar buenos resultados.
Cenamos a las 19 horas y, bien temprano, cada uno se fue a dormir.
Día 2
A las 6 de la mañana nos sirvieron el desayuno. Lamentablemente, John nos comentó que no había podido dormir prácticamente nada, debido a los ruidos molestos dentro de la carpa que le había tocado.
Se trataba de una carpa con aproximadamente seis camas cuchetas, la mayoría ocupadas. No voy a comentar la nacionalidad de los hinchapelotas, pero era un grupo muy ruidoso que invadía el campamento con gritos y algún que otro exabrupto. Y la verdad es que, para la mala educación, no hay una nacionalidad definida: lamentablemente es algo que, alrededor del mundo, solemos soportar.
Pese a su mala noche, fue el primero en tener su equipo listo y prácticamente era él quien nos esperaba con los bastones en la mano. Parecía un perro ansioso, que apura a sus dueños con el collar en la boca.
Una vez iniciada la caminata, le iba recordando que fuera un poco más lento, ya que para una buena aclimatación es muy importante —más allá de ser fuerte físicamente— ir despacio.
—Como turistas sacando fotos —les decía a cada momento.
Por otro lado, en definitiva, eso es en lo que nos hemos transformados los seres humanos… meros turistas que sacamos fotos.
En más de una ocasión he visto a grandes deportistas, sin experiencia en altura, fracasar por dejarse llevar por su fortaleza los primeros días. La paciencia es uno de los requisitos más importantes.
Es más, muchas veces, cuando hablo sobre los días de descanso en altura, la gente suele pensar que pueden usarse para ir a otro campamento más arriba. En ese momento les tengo que aclarar que el día de descanso no es como a nivel del mar: es descansar de verdad. No hacer nada. Uno se la pasa acostado tomando jugo, sopa, té, y mate.
Tras ocho horas de una caminata tranquila, en la que no dejaba pasar más de dos horas seguidas sin hacer un breve stop para hidratar y picar algo, llegamos a Plaza de Mulas (4350 m s. n. m.).
Aconcagua Visión nos esperaba con jugos, frutas y más pizza, que podrían dejar a cualquier pizzería italiana muy por debajo, sin ánimos de ofender. Pero esas pizzas, después de ocho horas de caminata a 4350 m s. n. m. son sencillamente deliciosas. Sobre todo, cuando te las sirven con una sonrisa… y una cervecita bien fría.
Scotty y John se acomodaron en sus minidomos, ya que habían elegido dormir en domos individuales cubiertos por dentro con primaloft, cama, colchón, piso de madera y —me atrevo a decir— son superiores a muchos monoambientes en alquiler.
Sobre todo, por la vista. ¿Acaso alguien se va a dormir mirando el Aconcagua a través de la ventana?
La hora de la cena fue a las 19 horas y esa noche John, tras haber pasado la anterior sin poder pegar un ojo, se fue a jugar con Morfeo al mundo de los sueños.
Día 3
El desayuno nos lo sirvieron a las 10 de la mañana. Había pedido que fuera lo más tarde posible, ya que ese día era para descansar… y dormir. Nada de salir temprano de la carpa solo por respetar horarios de desayuno. El día de descanso… se descansa. Hasta de las rutinas.
Pero, tras mi petición, en la empresa me dijeron: “A las diez, porque más tarde no hay desayuno”. Tuvimos que aceptar.
Ese día fue para pegarse un buen baño, ordenar el equipo de altura, leer un rato y tomar mucho líquido. Yo les había impuesto tanto a John como a Scotty que debían consumir, como mínimo, cinco litros de líquido. Y cada mil metros más arriba, sumar un litro extra.
No se trata de tomar agua pura, sino líquidos como jugos, té, café, sopa y cosas así. Además, les aclaré que, si usaban algún tipo de sales de rehidratación o minerales para el agua, siempre emplearan la mitad de la porción indicada en el envase. De lo contrario, podían saturar el organismo con minerales y necesitar aún más agua.
En altura, por la falta de presión atmosférica, el organismo lucha cada minuto por mantener la homeostasis necesaria. Claro que una cervecita bien fría, de vez en cuando, también forma parte del equilibrio saludable de cualquier individuo que quiera sentirse bien.
Ese día, en Plaza de Mulas, la conocí a Mariel Massarutti, de quien voy a compartir su Instagram: @mariel.massarutti.
Ella, con no más de 1, 60cm de estatura, y su energía más que desbordante me hizo recordar a “La hormiga atómica”, dibujo animado de los ´70.
Yo me había asegurado de contar con un asistente para la jornada de cumbre, y aunque con solo dos clientes un guía no suele pedir uno, en mi caso así lo hice porque consideraba de suma importancia tener todas las cartas sobre la mesa en el día más decisivo. Y así fue.
Mariel me confesó que, si bien ya había recibido el título de guía y trabajaba como porteadora en Aconcagua Visión, no tenía demasiada experiencia como guía. Le respondí que nadie recibía el título con experiencia, y que lo que debía hacer era sacar —en el momento necesario— todos sus conocimientos y habilidades para cumplir con la tarea asignada.
Porque no es más que eso: concretar la tarea en tiempo y forma. No hay mucho más. Simple… pero lejos de ser fácil.
Ella, así como se lo dije, lo tomó. Y como su tarea hasta que llegara el día de cumbre era portear, se fue a descansar porque al otro día tenía que llevar cerca de 30 kg al C1, Canadá.
Con Scotty y John cenamos a las 19 horas y nos fuimos a dormir temprano: al día siguiente íbamos a tocar altura. La idea era llegar lo más arriba posible y volver a Plaza de Mulas para dormir.
Esta vez el plan de ascensión era ir directo de Plaza de Mulas al C2, Nido de Cóndores. Iban a ser mil metros de desnivel en un solo día, pero lo prefería antes que tomar el agua de Canadá. Por otro lado, John y Scotty esta vez tenían las piernas bien preparadas; solo se trataba de ir amigándose con la altura día a día. Porque, como un líquido no newtoniano, en la altura: si uno intenta avanzar demasiado rápido o de forma abrupta, termina estampado. En cambio, si se avanza suavemente… el cuerpo y la altura terminan haciéndose buenos amigos.
Día 4
Desayuno: 8 de la mañana. No era necesario más temprano.
Por otro lado, quien nunca estuvo en Plaza de Mulas no entenderá lo que es el frío. Porque existe el frío en muchos contextos, pero el frío de la mañana en Plaza de Mulas es casi otro idioma.
Por la disposición del campamento, el sol llega tarde. Pero, apenas empieza a aclarar, Plaza de Mulas parece transformarse en un freezer de última generación. Y si las cigarras salen de la tierra con la luz del sol, en Plaza de Mulas pareciera que la luz despertara al frío primero y, como las cigarras, aparece no para cantar, sino para hacerte doler hasta el último hueso de tu cuerpo.
Ese es el frío de las mañanas en Plaza de Mulas.
Por suerte, nos tocó una mañana muy amigable y las “cigarras del frío” no se hicieron presentes.
Desayunamos, cargamos las mochilas con lo justo y necesario, y partimos. Cuando me refiero a “lo justo y necesario”, en mi caso son tres litros de jugo, más un litro de té caliente, el lunch, linterna y abrigo. Ellos, lo mismo. Por supuesto, yo llevo botiquín, radio, una eslinga y algún que otro elemento necesario para cualquier emergencia.
Alrededor de las 10 de la mañana empezamos la ascensión, más bien la “rotación”, como se le llama al proceso donde el grupo sube y baja como un yo-yo, hasta que el cuerpo se va aclimatando para poder ir, cada vez, un poquito más arriba.
Con Scotty y John llegamos a Canadá en poco más de tres horas. Un tiempo más que aceptable, y mejor aún porque no les dolía la cabeza y nunca nos “apuramos”. Siempre respetamos el ritmo “natural” del cuerpo. Es decir, caminamos como turistas sacando fotos, pero no tan lento como para enfriarnos las nalgas.
Así, después de los sabrosos sandwichitos que nos prepararon —porque el servicio que me ofrecía Aconcagua Visión incluía el lunch en esos días—, continuamos con nuestra caminata.
Pero no todo iba a ser un día despejado y un sol para la playa. Una tormenta se estaba gestando sobre nuestras cabezas y una “momia” apareció sobre el Coloso de América.
Momia le solemos decir a una gran tormenta que tapa la montaña y que, volando como Mumm-Ra, se acerca para generar sus estragos. No sé si alguien se acuerda del ser malvado en los famosos Thundercats de los ’80.
Tuvimos que acudir a los mitones. Y luego de dos horas de caminata desde Canadá emprendimos la vuelta a Plaza de Mulas.
Llegamos justo para una picadita, té, café y, a las 19 horas, nos sirvieron la cena. Esa noche fue una noche de amigos, ya que luego de la cena fueron apareciendo colegas, conocidos, y el domo se transformó —como suele suceder— en una ronda de anécdotas, chistes, burlas y algún que otro vinito que iba pasando de mano en mano.
Scotty fue parte, John se fue a dormir y, al otro día… a descansar.
Pedí que al día siguiente nos dieran el desayuno bien tarde, pero la respuesta fue simple: “A las 10 de la mañana”. Y, sin objetar, nos fuimos a dormir.
Día 5
A las 10 de la mañana estábamos, junto a Scotty, tomando mate, que seguía disfrutando de su mate de palo santo; y John, fiel y conservador, disfrutaba de su café caliente.
Antes del almuerzo teníamos el chequeo médico, en el cual tanto John como Scotty estaban en perfecto estado. Su saturación de O₂ era de 90, y sus pulsaciones menores a 70 ppm.
Si bien, en altura, la saturación muchas veces es solo un número, cuenta si existen otros síntomas de mal de altura. En lo personal, he visto gente con una saturación de O2 de70 en Plaza de Mulas y llegar a la cumbre sin problemas. En otras ocasiones, he visto personas con mejores números que han sido evacuadas con edema de pulmón. Siempre hablando a más de 4000 m s. n. m., donde todo se vive y se siente diferente.
Ese día ultimamos detalles para el día siguiente, ya que iba a ser una jornada larga.
Scotty y John, cada hora, me recordaban la cantidad de veces que habían tenido que ir al baño a orinar. Eso me hacía sentir bien, ya que la oliguria —condición clínica definida por una disminución en la producción de orina por debajo de lo normal— es otro síntoma del mal de altura. En caso de no expulsar líquido en forma de orina… seguro que un edema se está gestando en alguna parte del cuerpo.
Ordené el equipo para los porteadores, les aclaré a Scotty y a John que tenían que ir liviano al día siguiente, y a las 19 horas cenamos junto a Mariel. Momento en el que la conocieron.
Al día siguiente, el desayuno lo organizamos para las 8 de la mañana. No era necesario más temprano.
Día 6
A las 8 de la mañana nos encontramos en el domo. Mate, café, té y un delicioso desayuno que constaba de huevos revueltos, jamón, queso, pan y otras cositas.
Saludamos al equipo del campamento y comenzó la caminata. Ahora sí, comenzaba la ascensión.
Hacía frío, pero lo justo para mantenernos caminando a buen ritmo, aunque eso duró unas horas, porque unas horas antes de llegar a Nido de Cóndores (5500 m s. n. m.) Éolo, junto a Mumm-Ra, se hicieron presentes.
El frío calaba los huesos, y la nieve nos dificultaba la vista. Cuando la nieve se inmiscuye entre la ropa… les diría que es muy incómodo, además de frío.
El viento nos obligó a usar antiparras y, paso a paso, pudimos llegar a Nido. Los últimos 30 minutos costaron. John siguió a su ritmo junto a uno de los porteadores, que iba muy lento, y Scotty se quedó conmigo: “a pan y queso” avanzábamos sin dudar de nuestro destino.
Una vez en Nido, en el domo de Aconcagua Visión nos esperaban con agua caliente. Las carpas personales ya las habían armado los porteadores y, sin perder mucho tiempo, ellos se metieron en sus carpas, hidrataron y recién para la cena —que no fue más tarde que las 19 horas— los llamé para que salieran.
El viento soplaba, la nieve seguía acumulándose bajo nuestros pies, y el paisaje minuto a minuto se iba cubriendo con una alfombra de más de 30 cm de nieve.
Cenamos, y a dormir.
Toda la noche, Éolo insistió en arrebatarnos las carpas. No dejó dormir a más de uno.
Día 7
Nos despertamos sin horario, aunque tanto John como Scotty, debido al viento, no habían dormido prácticamente nada. Sobre el Coloso se podía ver una tormenta que parecía querer alimentarse de la montaña.
Ese día fue para hidratar, comer y dormir.
También, por la tormenta y cómo se sentían ellos, fuimos acomodando los días para encontrar el mejor momento para el intento de cumbre. Ellos no tenían muchos días, y si nos dejábamos estar un día de más, podían perder la chance de ir a la cumbre. Pero, por otro lado, si nos apurábamos, podían agotarse o padecer algún síntoma de mal de altura.
Así, como si se tratara de una partida de ajedrez, cual un “enroque”, hicimos un movimiento que nos aseguraba poder tener dos intentos. Es decir, no apurarnos y aprovechar que había tormenta para quedarnos en Nido; de esa forma, una vez que moviéramos a Berlín, podríamos ir a la cumbre al día siguiente. Pero si, por alguna casualidad, alguno se sentía mal, tendríamos otro día para volver a intentarlo.
Día 8
Otro día con mucha nieve. El campamento estaba cubierto por medio metro de nieve. No hacía mucho frío, pero era muy incómodo salir, aunque fuera al baño. Entre la nieve y el suelo arcilloso, más la gente siempre usando las mismas pisadas, se hacía un barro muy incómodo.
Pasado el mediodía, pese a todo, salimos a caminar hacia la altura, para volver a Nido a dormir. Tanto Scotty como John no se habían sentido tan bien como esperaban.
Día 9
Último día en Nido de Cóndores. Había salido el sol, el viento en la altura era fuerte y por nosotros corría la ansiedad y la incertidumbre.
El pronóstico no era bueno: solo teníamos una “ventana”, es decir, un solo día para ir a la cumbre. Porque venían días con viento de más de 90 km/h.
La decisión fue quedarnos en Nido, un día más.
Día 10
Alrededor de las 10 de la mañana movimos a Berlín (6000 m s. n. m.). Tardamos un poco más de 3 horas. Ni John ni Scotty tenían dolor de cabeza; solo sentían el típico cansancio en el cuerpo.
Solo había que hidratar, comer y prepararse para salir bien temprano. Porque a las 3:30 de la mañana íbamos a tomar el desayuno y, antes de las 4:30, empezar a caminar.
Ese día nos estaba esperaba Mariel en Berlín, y tras una breve noche de descanso… salimos.
Día 11
A las 3:30 de la mañana desayunamos. Chequeamos el equipo y, con los grampones puestos, bastones en mano, té, jugo y lunch en la mochila, empezamos a caminar a buen ritmo.
De hecho, lo que un año antes con Scotty habíamos tardado más de tres horas, ahora lo caminamos en menos de dos. Siempre sin agitarse de más, solo luchando con la poca presión atmosférica que hace parecer que el cuerpo pesara el doble, y respirar se siente como si una boa constrictora apretara el pecho en todo momento.
Paso a paso íbamos avanzando, hasta que John me seguía el ritmo, pero a Scotty le iba costando cada vez más.
Y, como si se tratara de una jugada de ajedrez, moví la Dama.
Le dije a Mariel que siguiera con John y que, cuando nos perdiéramos de vista, estuviera muy atenta por la radio.
Por lo que, una vez que ella llegó a Independencia, no dudé en decirle que siguiera con John. Que yo iba a ir con Scotty. Estábamos a horas de distancia.
Ella, con poca experiencia guiando, sintió un peso en la mochila que nunca había sentido en toda su trayectoria como porteadora. Ahora… estaba guiando. Ya no era una asistente. Estaba yendo “sola” con John.
La Dama estaba haciendo su movida con cierto temor e incertidumbre, pero yo —como guía con varios años de experiencia— nunca dudé de su desempeño.
—Ahora… sacás todas tus cartas —le dije por la radio—. Yo sé que podés. Van a hacer cumbre.
Ella, al principio, no entendía mucho, ya que se estila que el “guía líder” sea el que va a la cumbre con “el fuerte” y los asistentes bajen con los “débiles”. Pero… no es mi caso. Yo buscaba concretar la tarea asignada: la cima con los dos. Siempre y cuando, la seguridad estuviera presente.
Por otro lado, el ego de llegar primero a la cumbre —guiando— ya lo dejé de lado hace mucho tiempo. Y la movida de la Dama era la jugada que había que hacer para que John y Scotty tuvieran la posibilidad de la cumbre.
Así, Mariel, bastones en mano, y el casco bien ajustado, se lo hizo colocar a John —quien confesó que en toda su vida se había negado a usar casco— lo llevó a la cumbre de América, y varias horas antes que nosotros hicieron cumbre.
De hecho, ellos, de bajada, nos cruzaron a una altura de 6850 m s. n. m., muy cerca de la cima. Pero tan cerca, que ahí es cuando, como si se tratara de una pesadilla, a cada paso que uno da, la cima parece alejarse un poquito más. Cada paso cuesta. Cada paso es como si parte de nuestros pulmones se fueran desintegrando.
—Vamos Scotty. ¡Vamos! —le gritaba a cada paso.
Aunque reconozco que mucho más abajo, más de una vez dudé de él, pero ahí estábamos. Con cada paso, un poquito más cerca.
Pero otro factor entró a jugar en contra nuestra: la hora. Ya era tarde, éramos los últimos en la montaña y, en la cumbre, había un grupo de la Patrulla de Rescate que, cuando bajan, suelen bajar a todo el mundo. Lo hacen para evitar accidentes.
Scotty los veía y sentía que ya había perdido, pero aun así seguíamos.
Metro a metro nos acercábamos, pero todavía faltaba un tramo. El más difícil.
Los de la Patrulla no bajaban y, paso a paso, seguíamos avanzando. Era un paso, respirar dos veces, otro paso, respirar dos veces… y así hasta llegar. En ese punto, ya no teníamos otra opción.
Y aunque Scotty iba muy cansado, nunca necesité “tirarlo” con una cuerda. Tal vez muchos lo hacen, pero yo tengo “mis propias reglas”. A la cumbre nunca llevo tirando como un caballo, a nadie. Tal vez lo até, para evitar que se patine, pero tirarlo nunca. Si alguien no puede llegar por sus propios medios, esa persona de bajada… podría ser sinónimo de muchos problemas —y muy graves—.
—¡Vamos Scotty! —le gritaba.
Scotty, con cada paso que daba, y como les suele suceder a la mayoría ese día, parecía desarmarse como una casita de naipes. Pero con cada inspiración se volvía a armar, para volver a desarmarse con el siguiente paso. Aunque su determinación y su fortaleza mental, parecían haber tomado el control de su cuerpo y él, seguía avanzando con un único objetivo.
Cada vez más cerca hasta que, al fin, llegamos a los últimos escalones. Ahí es cuando le digo a la gente que es su cumbre, y hago que vayan primero. Los ayudo con sus bastones, me pongo detrás de ellos y me aseguro de que vayan gateando la primera parte, que son un par de metros de rocas. Más bien, parece una incómoda escalera.
De esta manera, enfrente de esa última parte, le dije:
—Scotty, your Summit! Go!
Le ayudé con los bastones, superó esos escalones y, tras unos pasos, los de la Patrulla de Rescate lo esperaban con un abrazo.
Había hecho cumbre.
Un año después de su primer intento, al fin había logrado su objetivo.
Festejamos, tomamos té, jugo, picamos algo y lo más especial fue que estábamos solos. Solo los de la Patrulla y nosotros. Una vez más en Aconcagua, solos. Eso es lo que yo llamo: belleza.
Las nubes que andaban rondando parecieron querer darnos un momento y desaparecieron por unos instantes. Pero, apenas empezamos el descenso, comenzó la nieve.
No hay finales fáciles.
De vuelta, llegamos a la Cueva, y la nieve ya había borrado todas las huellas.
Cristián, un amigo y colega de Mendoza, también estaba en la Cueva con su grupo. Había hecho cumbre varias horas antes que nosotros. Por lo que la Patrulla de Rescate, Cristián con su grupo y Scotty conmigo, empezamos el descenso.
Nieve, viento y frío. Mucho frío. Cada uno de nosotros tenía pequeñas estalactitas colgando de la nariz, y solo podíamos ver apenas unos metros. El viento, parecía querer arrebatarnos los bastones cada vez que los levantábamos.
Estábamos en medio de una tormenta, y en minutos había caído tanta nieve que, por momentos, nos llegaba hasta la rodilla.
Por suerte, el viento amainó, pero el frío, el verdadero, se hizo presente. Ahora sí, no podíamos darnos el lujo de pararnos para descansar. Había que continuar hasta el campamento.
Así, con la nieve hasta las rodillas, abriendo huella, luchando con la incomodidad del terreno y con las últimas horas de luz, llegamos a Berlín.
John ya estaba durmiendo y, con Scotty, tomamos té caliente, comimos, festejamos y nos fuimos a dormir.
Todos sanos, felices y cansados. ¡Habíamos hecho cumbre!
Los días que quedaron fueron bajar a Plaza de Mulas y, en helicóptero, volar a Horcones. Después, cada uno para su casa… aún hoy seguimos en contacto con John y Scotty. Ahora tienen otro proyecto: el Denali.