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Experiencias

Aconcagua 2024–2025: “Scotty & John”

Por Sebastián Satke

Aconcagua

En la temporada 2023-2024, Scotty había hecho su primer intento a la cumbre del Aconcagua, aunque solo llegamos a los 6200 m aproximadamente. La altura, como a la mayoría, le puso un stop.

Durante el 2024, ya fuera por entrenamiento o para acordar la fecha de regreso al Aconcagua, cada semana nos mandábamos algún mensaje. Por supuesto, no faltaba alguno sobre anécdotas de la vida cotidiana, bromas y demás.

Él estaba decidido a volver a intentarlo.

Por otro lado, John, a quien había conocido años atrás, también quería volver a intentarlo, ya que en su primer ascenso tampoco lo había logrado.

Como eran amigos, John y Scotty decidieron regresar juntos.

Como de costumbre, todo empezó —podríamos decir— meses antes, con los correos de siempre.

El día acordado nos encontramos en la habitación del hotel para el sagrado momento de chequear el equipo.

Tenían equipo como para llegar a la cumbre del Everest. No había de qué preocuparse.

Cenamos, hablamos un poco de la expedición y, al otro día, con los permisos listos —trabajo que realizó Aconcagua Visión—, salimos hacia Puente del Inca (2719 m s. n. m.). A ese día lo llamaré: Día 1.

Día 1

A las 9:30 el transfer nos pasó a buscar por el hotel.

Como de costumbre, nos detuvimos en Uspallata para degustar las clásicas empanadas. Fritas o al horno, con ese típico gustito de picadillo de carne bien argentino, son inigualables.

Llegamos a Puente del Inca. Entregamos el equipo a los arrieros, aunque primero tuvimos que reorganizarlo, ya que parte debía ir directo a Plaza de Mulas y otra parte con nosotros hacia Confluencia: abrigo, bolsas de dormir y alguna otra cosa que íbamos a usar allí.

Desde Horcones hasta Plaza de Mulas solo íbamos a llevar una mochila de no más de 35 litros, con lo necesario para el trekking.

El transfer nos dejó en Horcones, presentamos los permisos y comenzamos a caminar.

La brisa ahuyentaba el calor y, además, el cielo estaba cubierto. Lo que muchas veces es un día soleado que raja la tierra, ahora era un paseo bajo las nubes.

En poco más de tres horas llegamos a Confluencia (3400 m s. n. m.). El staff de Aconcagua Visión nos estaba esperando, no solo con abrazos, sino también con jugo, frutas y una pizza incomparable.

En mis expediciones independientes, suelo elegir Aconcagua Visión. Buena comida, la gente siempre atenta y siempre dispuesta a solucionar todo inconveniente.

Horas más tarde, cerca de la cena, Scotty decidió estrenar su mate. En Uspallata había visto varios en un negocio y quiso tener el suyo. Le aconsejé comprar uno de palo santo.

En este viaje, no solo estaba con ganas de tomarse unos buenos mates, sino que su estómago también le pedía comida. Las náuseas y los vómitos habían quedado en el pasado.

Scotty, esta vez, venía más preparado. Había estado en Bolivia, a más de 5000 m, días antes de llegar a Mendoza.

John, en cambio, había estado utilizando una “carpa” que simula la altura. La usaba en su casa, y cada noche “dormía” a diferentes alturas.

Esa técnica de preaclimatación es utilizada por muchas empresas para ascensiones rápidas. Si la persona es fuerte, suele dar buenos resultados.

Cenamos a las siete y nos fuimos a dormir.

Día 2

Entre las seis y seis y media nos sirvieron el desayuno. Lamentablemente, John nos comentó que no había podido dormir prácticamente nada.

Había dormido en una carpa con aproximadamente seis camas cuchetas, la mayoría ocupadas.

Pese a su mala noche, fue el primero en tener su equipo listo. Parecía un perro ansioso que apura a sus dueños con el collar en la boca.

Comenzamos a caminar. Le tenía que recordar a John que fuera un poco más lento. Para una buena aclimatación —más allá de ser fuerte físicamente— es importante ir despacio.

—Como turistas sacando fotos —le decía a cada momento.

En más de una ocasión he visto a grandes deportistas, escaladores, corredores, ironmans, soldados, bomberos y todo tipo de personas fuertes sin experiencia en altura que, por ir rápido, han fracasado en su intento de cumbre, o han tenido que abandonar la expedición los primeros días, por mal de altura.

Paciencia. Uno de los requisitos más importantes.

Muchas veces, cuando hablo sobre los días de descanso en altura, la gente suele pensar que pueden usarse para seguir ascendiendo. Yo les aclaro que no.

Los días de descanso son para descansar. No se hace nada, excepto hidratar, comer y mirar el atardecer.

Ocho horas después de haber salido de Confluencia, llegamos a Plaza de Mulas (4350 m s. n. m.).

En Aconcagua Visión nos esperaban con jugo, frutas y una deliciosa pizza. Pero esas pizzas, después de ocho horas de caminata a 4350 m s. n. m., son otra cosa.

Scotty y John se acomodaron en sus minidomos.

Habían optado por dormir en domos individuales, cubiertos por dentro con primaloft, cama, colchón, piso de madera y —me atrevo a decir— son superiores a muchos monoambientes en alquiler. ¿Acaso alguien se va a dormir mirando el Aconcagua a través de la ventana?

La cena fue a las 19 y, esa noche, John se fue a jugar con Morfeo al mundo de los sueños.

Día 3

Había pedido el desayuno lo más tarde que fuera posible. A las diez de la mañana desayunamos.

Nada de salir temprano de la carpa solo por respetar horarios de desayuno. El día de descanso… se descansa.

Ese día fue para pegarse un buen baño, ordenar el equipo de altura, leer un rato y tomar mucho líquido. Yo les había impuesto tanto a John como a Scotty que debían consumir, como mínimo, cinco litros de líquido.

Después, cada mil metros que ascendiéramos, había que tomar un litro más.

No se trata de tomar agua pura, sino líquidos como jugos, té, café y sopas. Además, les aclaré que, si usaban algún tipo de sales de rehidratación, siempre emplearan la mitad de la porción indicada en el envase. De lo contrario, podían saturar el organismo con minerales y necesitar aún más agua.

En altura, por la falta de presión atmosférica, el organismo lucha cada minuto por mantener la homeostasis necesaria. Claro que una cervecita bien fría, de vez en cuando, también forma parte del equilibrio saludable de cualquier individuo en todo tipo de situaciones.

Aunque solo eran Scotty y John, mi intención era asegurar la cima. Contraté un asistente de cumbre. Así fue como conocí a Mariel Massarutti, a quien suelen encontrar por aquí: IG @mariel.massarutti.

Ella, con no más de 1,60 m de altura y una energía más que desbordante, me hizo acordar a “La hormiga atómica”, dibujo animado de los 70.

Apenas se presentó, me confesó que, si bien ya había recibido el título de guía y trabajaba como porteadora en Aconcagua Visión, no tenía demasiada experiencia como guía.

Le respondí que nadie recibía el título con experiencia.

Con Scotty y John cenamos a las siete. Nos fuimos a dormir temprano: al día siguiente íbamos a tocar altura. La idea era llegar lo más alto posible y volver a Plaza de Mulas para dormir.

El plan de ascensión era ir de Plaza de Mulas a Nido de Cóndores. Iban a ser mil metros de desnivel en un solo día, pero prefería eso antes que tomar el agua de Canadá, que así se llama el campo 1.

Por otro lado, John y Scotty esta vez tenían las piernas bien preparadas; solo se trataba de ir amigándose con la altura día a día.

La altura, podría decir, es como un líquido no newtoniano: si uno intenta avanzar demasiado rápido o de forma abrupta, termina estampado. En cambio, si avanza suavemente… el cuerpo y la altura terminan haciéndose amigos.

Día 4

Desayuno: 8 de la mañana. No era necesario más temprano.

Por otro lado, quien nunca estuvo en Plaza de Mulas no entenderá lo que es el frío. Porque existe el frío en muchos contextos, pero el frío de la mañana en Plaza de Mulas es casi otro idioma.

Por la disposición del campamento, el sol llega más tarde que en otros campamentos. Pero, apenas sale, no trae calor, sino todo lo contrario.

Y si las cigarras salen de la tierra con la luz del sol, en Plaza de Mulas pareciera que la luz despertara al frío. Un frío que no sale precisamente para cantar, sino para hacerte doler hasta el último hueso del cuerpo.

Desayunamos, cargamos las mochilas con lo justo y necesario, y salimos.

Cuando me refiero a “lo justo y necesario”, en mi caso son tres litros de jugo, más un litro de té caliente, el lunch, linterna y abrigo.

Ellos, lo mismo. Por supuesto, yo llevo botiquín, radio y algún que otro elemento necesario para cualquier emergencia.

A las diez de la mañana empezamos a caminar. Más bien, con la “rotación”, como se le llama al proceso en que el grupo sube y baja como un yo-yo, hasta que el cuerpo se va aclimatando para poder ir, cada día, un poquito más arriba.

Con Scotty y John llegamos a Canadá en poco más de tres horas. Un tiempo más que aceptable, y mejor aún porque no les dolía la cabeza y nunca nos “apuramos”. Siempre respetamos el ritmo “natural” del cuerpo. Es decir, caminamos como turistas sacando fotos, pero no tan lento como para enfriarnos las nalgas.

Después de unos sabrosos sandwichitos que nos habían preparado los cocineros de Aconcagua Visión, continuamos con nuestra caminata.

Pero no todo iba a ser un día despejado y un sol para la playa. Una “momia” apareció sobre el Coloso de América.

Momia le solemos decir a una gran tormenta que tapa la montaña y que, volando como Mumm-Ra, se acerca para generar sus estragos.

No sé si alguien se acuerda del ser malvado en los famosos Thundercats de los 80.

Tuvimos que acudir a los mitones y las antiparras. Dos horas de ascenso desde Canadá, y para abajo. De vuelta a Plaza de Mulas.

Llegamos justo para una picadita. Té, café, mate, pizza, queso y otras cositas.

Más tarde, a las 19 horas, nos sirvieron la cena.

Esa noche, después de la cena aparecieron colegas, conocidos, y el domo se transformó —como suele suceder— en una ronda de anécdotas, chistes, burlas y algún que otro vino tinto que iba pasando de mano en mano.

Scotty fue parte; John se fue a dormir y, al otro día… a descansar.

Yo había pedido que el desayuno fuera bien tarde, pero la respuesta siempre era la misma:
—A las 10 de la mañana. ¡Y ya es muy tarde!

Día 5

A las 10 de la mañana, el desayuno. Scotty y yo tomábamos mate. Él disfrutaba de su mate de palo santo; en cambio, John, fiel y conservador, prefería un café caliente.

Antes del almuerzo teníamos el chequeo médico. Ellos estaban en perfecto estado. Su saturación de O₂ era de 90 y sus pulsaciones, menores a 70 lpm.

Si bien en altura la saturación muchas veces es solo un número, lo que cuenta es si existen otros síntomas de mal de altura. En lo personal, he visto gente con una saturación de O₂ de 70 en Plaza de Mulas que llegó a la cumbre sin problemas.

En otras ocasiones, he visto personas con mejores números que han sido evacuadas con edema de pulmón. Siempre hablando de más de 4000 m, donde todo se vive y se siente diferente.

Ese día ultimamos los detalles para el día siguiente. Iba a ser una jornada larga.

Scotty y John, cada hora, me recordaban la cantidad de veces que habían tenido que ir al baño a orinar. Eso me hacía sentir bien, ya que la oliguria —condición clínica definida por la disminución de la producción de orina por debajo de lo normal— es otro síntoma del mal de altura.

En caso de no expulsar líquido en forma de orina, lo más probable es que se esté gestando un edema en alguna parte del cuerpo.

Ordené la comida, el equipo para la altura y, a las siete de la tarde, cenamos.

Fue el momento en que conocieron a Mariel.

Día 6

A las 8 de la mañana nos encontramos en el domo. Mate, café, té y un delicioso desayuno con huevos revueltos, jamón, queso, pan y otras cositas.

Saludamos al equipo del campamento y empezamos.

Hacía frío, pero no mucho. Lo justo para mantenernos caminando a buen ritmo. Aunque eso duró poco.

Un par de horas antes de llegar a Nido de Cóndores, parecía que Éolo, Mumm-Ra y otras deidades de tormentas se habían congregado y, como gatos, jugaban con nosotros como pequeños roedores sin escapatoria en medio de una montaña.

El frío calaba los huesos, la nieve hacía difícil la visión y el viento cortaba el cuerpo.

Enterrándonos en la nieve, con la nieve pegándonos en el rostro, paso a paso nos acercábamos a Nido.

John siguió a su ritmo, junto a uno de los porteadores, que iba más lento que el resto.

Scotty se quedó conmigo, “a pan y queso”, pero seguros.

En Nido, en el domo de Aconcagua Visión, nos esperaban con agua caliente. Los porteadores ya habían armado las carpas personales y, sin perder tiempo, Scotty y John se metieron en las suyas.

Ahora tocaba cambiarse, hidratar y, a las siete de la tarde, la cena.

El viento movía las carpas de un lado a otro, la nieve se acumulaba y, en minutos, solo para salir de la carpa había que abrir una huella.

Teníamos nieve hasta la rodilla.

Cenamos y todos a dormir.

Toda la noche Éolo quiso arrebatarnos las carpas. Nadie durmió.

Día 7

Nos despertamos sin horario.

Arriba nuestro se podía ver una tormenta que parecía querer alimentarse de la montaña.

Ese día fue para hidratar, comer y dormir.

Por la tormenta, y en función de cómo se sentían ellos, fuimos acomodando los días para encontrar el mejor momento para el intento de cumbre.

Ellos no tenían muchos días, y si nos dejábamos estar un día de más, podían perder la chance de ir a la cumbre. Pero, por otro lado, si nos apurábamos, podían agotarse o padecer algún síntoma de mal de altura.

Como en una partida de ajedrez, moví la torre y el Rey.

Enroque.

La decisión fue no apurarnos y aprovechar que había tormenta para quedarnos en Nido; de esa forma, una vez que moviéramos a Berlín, podríamos ir a la cumbre al día siguiente. Pero si, por alguna casualidad, alguno se sentía mal, tendríamos otro día para volver a intentarlo desde Berlín.

Día 8

Otro día nevando.

Las carpas estaban prácticamente cubiertas de nieve.

No hacía frío, pero era muy incómodo moverse con tanta nieve que, junto al suelo arcilloso, formaba un barro muy molesto.

Pasado el mediodía, pese a todo, salimos a caminar. Quería ascender unos metros para volver a Nido a dormir.

Día 9

Último día en Nido de Cóndores. Había salido el sol, el viento en la altura era fuerte y yo… dudaba acerca del pronóstico.

No era bueno: solo teníamos una “ventana”, es decir, un solo día para ir a la cumbre, porque venían días con viento de más de 90 km/h.

Día 10

Alrededor de las 10 de la mañana movimos a Berlín (6000 m s. n. m.). Tardamos un poco más de 3 horas. Ni John ni Scotty tenían dolor de cabeza; solo sentían el típico cansancio en el cuerpo.

Solo había que hidratar, comer y prepararse para salir bien temprano, porque a las 3:30 de la mañana íbamos a tomar el desayuno y, antes de las 4:30, a empezar a caminar.

Mariel había llegado antes con los porteadores.

Día 11

A las 3:30 de la mañana desayunamos. Chequeamos el equipo y, con los grampones puestos, bastones en mano, té, jugo y lunch en la mochila, empezamos a caminar.

Lo que un año atrás, con Scotty, habíamos tardado más de tres horas, ahora lo caminamos en menos de dos. Siempre sin agitarnos de más, solo luchando con la poca presión atmosférica que hace sentir al cuerpo que pesa el doble, y respirar como si una boa constrictora apretara el pecho en todo momento.

Avanzábamos paso a paso. John me seguía el ritmo, pero a Scotty le estaba costando.

De vuelta, el ajedrez. Moví la Dama.

—Mariel, seguí con John. Yo me quedo con Scotty.

Ella continuó al ritmo de John y, en minutos, estaban bastante más adelante.

Mariel llegó a Independencia. Minutos más tarde me habló por radio.

—Hace frío. John quiere seguir.

—Seguí. Van a hacer cumbre. Pero tranquilos, así como van ahora —le respondí.

—Pero… ¿sola? —recuerdo que me respondió.

—Claro. Ahora es cuando sacás tus cartas. Sé que lo van a hacer.

—¿No querés ir vos y yo me quedo con Scotty? —me preguntó.

—No. Vos podés. Es la única manera —respondí—. Cada 30 minutos salimos por radio. Metele que hacen cumbre.

Estábamos a horas de distancia.

La Dama se movía despacio, con temor, atenta a John, pero yo nunca dudé de su capacidad.

El ego de llegar primero a la cumbre —guiando— ya lo dejé de lado hace mucho tiempo. Y la movida de la Dama era la única jugada que aseguraba la cumbre de todo el grupo.

Mariel, bastones en mano, casco bien ajustado. Le ordenó a John que se lo pusiera; él confesó que en toda su vida se había negado a usar casco. Ese día, llevó casco.

Horas más tarde, escuché por la radio:

—¡Cumbre! ¡Estamos en la cumbre, Seba!

De bajada nos cruzaron a una altura de 6850 m, muy cerca de la cima. Tan cerca.

Ahí es cuando, como si se tratara de una pesadilla, cada paso que uno da, la cima parece alejarse un poquito más.

Cada paso cuesta como si te arrancaran parte de los pulmones.

—Vamos, Scotty. ¡Vamos! —le decía.

Aunque reconozco que mucho más abajo, más de una vez, dudé de él, ahí estábamos. Con cada paso, un metro más arriba.

Pero otro factor entró a jugar en contra nuestra: la hora. Ya era tarde, éramos los últimos en la montaña y, en la cumbre, había un grupo de la Patrulla de Rescate que, cuando baja, suele bajar a todo el mundo.

Lo hacen para evitar accidentes.

Scotty los veía y sentía que ya había perdido, pero aun así seguíamos.

Metro a metro nos acercábamos, pero todavía faltaba un tramo. El más difícil.

Los de la Patrulla no bajaban y, paso a paso, seguíamos avanzando.

Era un paso, respirar dos veces, otro paso, respirar dos veces… y así hasta llegar.

Scotty se sentaba cada veinte metros, pero nunca necesité “tirarlo” con una cuerda. Tal vez muchos lo hacen, pero yo tengo “mis propias reglas”.

A la cumbre nunca llevo a nadie tirando como a un caballo. A nadie. Tal vez lo ate para evitar que se patine, pero tirarlo, nunca.

Si alguien no puede llegar por sus propios medios, esa persona, a la hora de bajar, es sinónimo de muchos problemas.

—¡Vamos, Scotty! —seguía.

Su determinación y su fortaleza mental parecían haber tomado el control de su cuerpo, y él seguía avanzando con un único objetivo.

Estábamos cada vez más cerca, hasta que llegamos a los últimos escalones.

Ahí es cuando quedan solo dos metros. Es como una escalera.

Me detuve, le indiqué por dónde seguir y le dije:

—Scotty, your summit! Go!

Le ayudé con los bastones, superó esos escalones y no lo vi más.

Lo seguí, y ahí estaba Scotty, abrazado por uno de los de la Patrulla de Rescate. Nos estaban esperando para felicitarnos.

Tomamos té, jugo, picamos algo y lo más especial fue que estábamos solos. Los de la Patrulla y nosotros. Una vez más en el Aconcagua, solos. Eso es lo que yo llamo: belleza.

Las nubes que andaban rondando parecieron querer darnos un momento y desaparecieron por unos instantes.

Minutos más tarde, apenas iniciamos el descenso, comenzó la nieve.

A la vuelta, al llegar a La Cueva, la nieve había borrado todas las huellas.

Cristián, un amigo y colega de Mendoza, también estaba en La Cueva con su grupo. Había hecho cumbre varias horas antes que nosotros.

Bajamos en grupo.

Nieve, viento y frío. Mucho frío. A cada uno de nosotros se nos habían formado pequeñas estalactitas en la nariz.

Solo podíamos ver apenas unos metros delante nuestro.

El viento nos tiraba, pero seguíamos.

La nieve ya nos llegaba hasta la rodilla. Y todos estaban cansados.

A esta altura hacía más de catorce horas que todo había comenzado todo.

Por suerte, el viento amainó, pero el frío, el frío de verdad, se hizo presente. Ahora sí no podíamos darnos el lujo de parar a descansar. Había riesgo de congelamientos.

Había que seguir.

Con la nieve hasta las rodillas, abriendo huella y casi sin visibilidad, llegamos a Berlín. Con las últimas horas de luz.

John estaba durmiendo. Con Scotty tomamos té caliente, comimos y nos fuimos a dormir.

Día 12

Bajamos a Plaza de Mulas y, ese mismo día, en helicóptero, llegamos a Horcones.

Hoy La Dama, Scotty, John y el peso —no el de la mochila, sino el de esos momentos en que todo es una decisión— son recuerdos que hacen que todo valga la pena.

Porque el frío, las estalactitas colgando de las narices, la nieve hasta la cintura, el viento y el temor… eso, eso es vivir, diría yo.

Fotos
Aconcagua 2024–2025: “Scotty & John”
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