Por Sebastián Satke
Había terminado mi primera expedición de la temporada, y yo feliz por haber hecho cumbre con Richard. Tenía dos semanas antes de mi segunda, pero…
Muchas veces todo empieza con un “pero”.
Un guía de Aventuras Patagónicas había tenido un congelamiento en uno de los dedos del pie. Nada grave. No hubo amputaciones. Solo una gran ampolla y con un buen tratamiento empezó su recuperación —de meses por cierto—.
Rodrigo me llama, me comenta lo sucedido y así como yo, de guía, a veces siento que muevo piezas de ajedrez, ahora él me movía a mí de una expedición a otra.
Yo, feliz. Iba a trabajar de vuelta Cacho y con José. Pero, las dos semanas de descanso se transformaron en 4 días.
En un día tuvimos las carpas y el equipo listo, un segundo día bastó para la comida. Había un solo celíaco, pero para no complicarnos, en esa expedición íbamos a comer todos como celíacos. Fideos de arroz, croquetas de arroz, y comidas que todos —sin distinciones pudiéramos comer—. Por supuesto, queso, salame, cebollitas en vinagre, y picles hubo. Nadie se resiste a una picadita en la altura.
Como un bucle temporal, volvimos al hotel, los tres chequeamos el equipo, acompañamos a la gente a alquilar o comprar equipo.
Una pareja necesitaba equipo y le salió más barato comprarlo que alquilarlo.
Nunca entendí los precios en Argentina. En fin.
Es Argentina… no lo entenderían.
Llegó el día del meeting. Alexia, la persona encargada de la logística y todos los trámites aburridos en Mendoza, nos acompañaba. También Rodrigo, el dueño de Aventuras Patagónicas.
Pero, cuando el grupo se presentó, dos de ellos se miraron de reojo, volvieron a mirarse y no dejaban de observarse. Hasta que el mexicano dijo algo así como: “yo a vos te conozco”.
Resulta que habían ido a la misma universidad juntos decenas de años atrás. Sí, el mundo es chico.
Riéndonos de aquel reencuentro fuimos a cenar en grupo. Al otro día, temprano nos iba a buscar la trafic. Seguro el conductor iba a ser “El Pepe”.
El Pepe es el tipo de chofer a quien todo el mundo le cuenta todo. Imaginen que, si el mundo es chico, cómo será el ambiente de Aconcagua.
Al día siguiente. Un domingo apareció la trafic, no era él.
Una hora y media después de haber salido de la ciudad de Mendoza, como de costumbre, hicimos la parada en Uspallata.
Gaseosa y empanadas caseras. Una delicia.
Pero… apenas salimos de Uspallata, cinco minutos después el chofer pisa el embrague y se escuchó un fuerte ¡tack!. Se había destrozado el embrague.
Por suerte, no nos habíamos alejado tanto, por lo que aún teníamos señal. Porque aunque se trate de la Ruta Internacional número 7, hay sectores de muchos kilómetros sin señal. Menos con wifi.
Tras un par de mensajes, se pudo solucionar el problema. Como habíamos salido en dos trafics, nos apretujamos en una sola, mate de por medio y seguimos a Puente del Inca.
Llegamos, entregamos la carga para las mulas, y seguimos directo a Horcones. No teníamos mucho tiempo, porque por alguna razón, cierran el acceso al Aconcagua muy temprano, y con la avería del embrague estábamos con el tiempo justo.
Justo a tiempo, en Horcones presentamos los permisos, las credenciales, y seguimos rumbo a Confluencia a unos 3400m.
El equipo en Aconcagua Visión nos esperaba con jugo, té, mate, picada y pizza.
No pasó mucho tiempo para el chequeo médico de rutina. Todos estaban en perfecto estado. Al otro día, todos directo a Plaza de Mulas.
Cenamos a las siete de la tarde, y todos a dormir.
Al otro día, el desayuno fue a las seis y media. No hacía frío, soplaba una brisa… diría la justa para caminar a buen ritmo sin transpirar.
Casi nueve horas después llegamos a Plaza de Mulas, a una altura de 4300m. Un paseo largo: y aunque tanto caminar cansa, ese día fuimos todos “como turistas sacando fotos”.
En Plaza de Mulas el staff de Aconcagua Visión nos esperaba con fruta, pizza y agua caliente. Por supuesto, siempre abrazos de bienvenida.
Todo el grupo eligió dormir en los minidomos con colchón, almohada, ventanas con vista al Aconcagua, y calefacción.
Y pensar que la primera vez que fui al Aconcagua, usé una carpa con el cuerpo de tela de mosquitero. Por suerte tenía cubre techo, aunque el frío se hizo notar.
Segundo día en Plaza de Mulas: día de descanso. Para nosotros, los guías, día de preparar las cosas para la altura: dividir la comida, carpas y revisar el equipo del grupo para el día de cumbre.
Siendo la segunda expedición que trabajábamos juntos, Cacho, José y yo, casi no teníamos que hablar para tomar decisiones. Todo fluía. Hasta cuando a alguien se le perdía el encendedor, aparecía en el bolsillo de otro. Cosa de mandinga.
El grupo, en su totalidad eligió usar porteadores, y paso a paso fuimos a la altura.
En Canadá, a unos 5050m, picada, jugo, mate y solo pasamos una noche.
Al otro día, fuimos directo a Nido de Cóndores a una altura de 5570m.
Fue un trayecto largo, pero no nos tocó tormenta, ni mucho viento.
Días atrás había estado nevando mucho, se había marcado una huella. Pero, era una huella de bajada. Un línea recta de un sector llamado Cambio de Pendiente hasta Nido.
No iba a ir en línea recta cuesta arriba, así que con mucha paciencia, iba trazando un zigzag para no fundir las piernas de la gente, y sobre todo para hacer más llevadero el día en que dormiríamos a más de cinco mil metros.
Como digo siempre, charlando y como turistas sacando fotos, llegamos a Nido. A nadie se escuchaba muy agitado, y de subida, cada vez que era necesario parábamos a hidratarnos.
Día siguiente, descanso a 5570m. Si eso se puede llamar descanso.
Fue un día soleado, sin viento y pudimos jugar en la nieve con las piquetas, autodetención y crampones. En el grupo nadie sentía nada más allá de un leve dolor de cabeza. Todos comían sin problema, y el pronóstico estaba a nuestro favor.
Se veía que el día siguiente al día de cumbre, para nosotros un día extra iba a estar ventoso, pero la idea para ese día, era no usarlo. No había necesidad.
Llegó el día de mover a Berlín, a unos 5940m, todos llegamos casi charlando. Y al día siguiente era el día.
De hecho, muchos habían elegido usar oxígeno suplementario.
Pero… si bien el oxígeno puede ayudar, son varios kilos más en la mochila.
A la mañana del día de cumbre salimos alrededor de las cuatro de la mañana, pero pocas horas después, uno de ellos sentía que respiraba mejor sin la máscara de O2. Es una persona fuerte.
Seguimos avanzando, pero el peso de los tubos a muchos les sacaba la fuerza de las piernas. Pero seguíamos.
Lento, pero seguíamos.
En el camino un par habían abandonado por cansancio, o por no poder respirar bien, además no querían sentirse como se venían sintiendo, simple.
Horas antes de La Cueva, a unos 6400m, vimos alguien correr, escuchamos gritos, y a lo lejos se vio alguien moviendo los brazos con desesperación, hasta que se puso a hacer RCP a otra persona.
Por la radio supimos lo que pasaba. Pero estábamos abajo, a unos 6500m: ya le habían inyectado adrenalina y la persona no daba indicios de vida. Hacía minutos que su corazón había dejado de latir.
Nosotros más abajo, vimos eso desde lejos, y no es agradable. Por supuesto que no lo es. Pero alguien acababa de morir. Eso es la montaña. Eso es la vida.
Y más allá que amo la montaña, me gusta escribir sobre ella… no me gusta romantizarla. La montaña es peligrosa. La gente muere, se pierden dedos, se congelan extremidades, hay edemas y nada de eso es agradable aunque uno termine por naturalizarlas.
Con el grupo seguíamos. Ahora, el silencio pesaba. Llegamos al cuerpo y gente de la Patrulla de Rescate nos saludó con la cabeza y ahí estaba el cuerpo sin vida. Su alma parecía saludarnos, mientras dejaba ese cuerpo.
José me miraba, yo veía su rostro. Llegamos a La Cueva, a unos 6650m, me abrazó y explotó en lágrimas.
El silencio en el grupo continuaba. Uno de ellos decidió detener su ascensión en La Cueva. Se sentía muy cansado.
Tres de ellos continuaron.
Yo seguía lento. El día era como pocos. Sin viento, sin nubes, caluroso y la cima ahí. Cada vez más cerca, pero alejándose con cada paso.
De los tres que me siguieron, José bajó con uno de ellos, y Trey y Amy continuaron conmigo.
Despacio.
Ellos tenían oxígeno, pero sus piernas ya estaban cansadas.
De vez en cuando me daba vuelta, me hacían la señal de OK y seguíamos.
Más cerca de la cima, en cada roca que podíamos nos deteníamos escasos minutos. Aunque el pronóstico estaba de nuestro lado, no era temprano.
Un policía de La Patrulla de Rescate estaba en la cima esperando. Yo, dentro mío deseaba que no empezara a bajar porque eso, solo podía significar una cosa. Todos para abajo.
Seguíamos.
Un paso, otro paso. Yo escuchaba su esfuerzo por respirar, aún con el oxígeno.
Me daba vuelta, veía que me seguían y otro paso.
Cada paso pesaba más que el anterior, pero al fin llegamos a los escalones finales.
Me detuve, les indiqué que vayan gateando —era más cómodo— les sostuve los bastones y les dije:
—Your summit, guys! There!
Siguieron esos metros solos.
Yo los seguí y ahí estaban ellos, a 6962m. Abrazándose de alegría.
—¡Seba! —escuché.
Me disculpo por no recordar su nombre. Pero con aquel policía de la Patrulla nos conocíamos hace tiempo.
Nos abrazamos. Festejamos.
Por mi lado, fue mi cumbre número 30. Pero, fue la primera para Amy y Trey. Una cumbre increíble. Muchas horas caminando, testigos de una muerte.
Pero…
qué mejor que honrar la vida que… viviendo.
Y viviendo fue como festejamos la expedición, con un asado. Un gran asado.
No en un restaurant. Un asado con amigos.
Hoy, la expedición que en su momento tenía un número, es un grupo de amigos. No solo un grupo de whatsapp, sino de amigos que seguimos compartiendo logros, festejos, viajes, encuentros y hasta emoticones.