El Glaciar de los Polacos

Cae imponente por la cara este del Aconcagua, como una lengua blanca que se estira desde los 6000m.s.n.m. hasta casi la cumbre, ofreciendo unos 900 metros de desnivel técnico. Su pendiente varía entre 55° y 70°, según la época y las condiciones, combinando nieve dura con tramos de hielo. Durante décadas fue una de las rutas clásicas, y todavía guarda ese aura de desafío. Se lo observa desde Plaza Argentina como un ola que ha quedado petrificada, y espera ser surfeada.

Es más un reto de resistencia que de técnica, y la verdadera dificultad está en mantener las piernas firmes y la mente enfocada mientras el vacío se abre detrás de uno.

Temporada 2011-212 / lo escalamos con mi amigo Nani-k.

2011-2012 con mi amigo Nani-k

Transcurría el año 2011 y era mi primera temporada como porteador en el Campamento Base “Plaza Argentina”, en el Cerro Aconcagua. Ya había trabajado dos temporadas como porteador, pero del lado de Plaza de Mulas.

Plaza Argentina está a 4200 m s. n. m. y, prácticamente cada día, como porteadores, subíamos —muchas veces— hasta los 6000 m s. n. m., donde se encuentra el Campamento 3, “Cólera”. Aunque, de vez en cuando, también nos tocaba ir a Piedras Negras, a una altura de 6250 m s. n. m. Y créanme: esos 250 metros de diferencia se hacen notar, sobre todo cuando se cargan 30 kilos —o más— en la espalda. Por falta de nieve, hace años que ya no se utiliza Piedras Negras como campamento.

Lo interesante de todo esto era que, cada vez que subíamos con carga, no nos quedábamos a dormir en la altura. Lo más rápido que podíamos, regresábamos a Plaza Argentina. Allí estaba instalada nuestra carpa, estaban nuestras cosas y, en definitiva, era nuestro hogar por más de tres meses.

Subir con carga 2000 metros de desnivel en el día era parte de nuestra rutina laboral.

Para aquel entonces, tres temporadas atrás nos habíamos conocido con Nani-k. Y la verdad, no sé por qué ni cómo, pero desde el momento en que nos saludamos… ya éramos amigos.

Nunca me voy a olvidar de cuando lo conocí. Era mi primera temporada de tiempo completo en el Aconcagua. Fue en Plaza de Mulas. A él lo habían dejado sin trabajo, sin previo aviso, y tras unas llamadas logró entrar como ayudante de campamento en la misma empresa donde yo estaba. Además, en caso de que hiciera falta, iba a trabajar como porteador.

Así que, un día de diciembre, veo a alguien salir de la carpa cocina: sombrero de cowboy en la cabeza, camisa hawaiana y una sonrisa de diablo alegre.

—Hola, ¿qué tal? —me presenté, le di la mano y dije—: Sebastián, mucho gusto.
—Hola, ¿qué tal? Nani-k —respondió él, dándome la mano.

En ese instante se me quedó mirando unos segundos, hasta que, sin ningún tipo de vergüenza, me dijo:
—Vos… ¡vos debés ser un sucio!

—¿Sucio? —le pregunté, mientras me miraba la ropa, que no tenía ninguna mancha.

Pero él, torciendo la cabeza y mirándome de reojo, me dijo mientras movía de un lado a otro su dedo índice:
—No, no, no, no… vos sabés muy bien a lo que me refiero.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro y, de esta manera… hoy, después de más de diez años, nuestra amistad sigue intacta y tan honesta como cuando nos conocimos.

Como les venía contando: yo estaba en Plaza Argentina y él era el jefe de porteadores.

Todos los días, cada vez que podíamos, íbamos al Bondi a tirar unos pasos.
El Bondi es una gran roca donde se pueden escalar unos boulders increíbles, y a 4000 m s. n. m.

Por otro lado, la “Actitud Shaolin” era nuestro lema. Consistía en hacer, todos los días, una serie de dominadas, flexiones de brazos, estiramientos y todo tipo de ejercicios. Todo eso, además de haber porteado hasta los 6000 m s. n. m. Porque ir a la altura lo considerábamos trabajo, no entrenamiento. No contaba como “Actitud Shaolin”: era una obligación, la que nos daba el dinero para comer el resto del año.

Entonces, ahí estábamos nosotros. Casi todos los días caminábamos con 30 kg o más en la espalda, escalábamos y ayudábamos en el campamento una vez que dejábamos la mochila.

Pero… no podíamos ignorar el Glaciar de los Polacos. Lo teníamos enfrente y todos los días parecía llamarnos. Es un inmenso glaciar en el cual transcurren varias rutas de escalada, pero hoy se suele ir por “La directa de Polacos”, cuyo ascenso comienza en el Campo 2 “Polacos” a 6000m.s.n.m.

La escalada consiste en 900mts de hielo y nieve, donde hay una pendiente constante de entre 55° y 70° dependiendo la época y las condiciones de la nieve o el hielo. Muchos —por ser buenos escaladores— se confían, pero es más un desafío para las piernas que uno donde haya que ser un eximio escalador en hielo. No hay que olvidarse que se trata una ascensión que comienza a los 6000m.s.n.m., y lo primero es aclimatarse y eso… lleva días.

Por otro lado, para quien no conoce Plaza Argentina, el Glaciar es una postal que te acompaña todos los días de la temporada. Estar frente a ese Coloso se siente como mirar el mar en plena tormenta. Hay miedo, respeto, una energía de la naturaleza que te llama. Como el fuego a las polillas. No lo sé… pero si uno tiene sangre en las venas, es imposible hacer oídos sordos a ese llamado. Para mí, es la vida misma gritándote que la vivas.

Así que… nos decidimos.

De la aclimatación, definitivamente no teníamos de qué preocuparnos. Del estado físico… tampoco. Solo teníamos que ir, subirlo con toda la incertidumbre y el temor que nos generaba, y volver para seguir trabajando.

Porque fue cerca de Navidad que lo escalamos, y quedaban dos meses más de trabajo.

Todos los días chequeábamos el pronóstico y tratábamos de encontrar el día perfecto. Porque no solo teníamos que ver qué día corría menos viento, sino que también debía ser un día sin trabajo.

Días esperando el momento, hasta que llegó. No recuerdo muy bien qué día de la semana era, pero teníamos por delante tres días libres de trabajo, y el pronóstico indicaba sol y casi nada de viento.

Decidimos salir de Plaza Argentina alrededor de las 2 de la mañana, digamos… el martes. Pero el lunes aún había que trabajar. Así que fuimos al C1 con un porteo, pero por suerte entre las 13hs y las 14hs ya estábamos de vuelta. Nos quedaba todo el día para descansar, hidratarnos, dormir un par de horas y salir a las 2am, como habíamos planeado.

Hablamos un poco del plan, y era simple: no ir encordados, a menos que fuera sumamente necesario.
¿Cuándo es sumamente necesario? Cuando el terreno lo exige.

¿Cómo uno lo sabe?… Así como sabe que hay que inflar las cubiertas del auto: experiencia, conocimiento y entrenamiento.

Muchas veces un seguro puede llegar a ser más psicológico que real, pero, en definitiva, ayuda. Uno nunca se quiere caer en un terreno alpino, escalando en hielo, nieve, rocas a más de 6000 m s. n. m.

Llevamos cuerda, tornillos y equipo para encordarnos, pero, en definitiva, fue peso extra.

Se hicieron las 2 de la mañana. Cada uno había intentado dormir algo, pero la ansiedad lo hizo imposible. Tomamos unos mates, té, picamos algo, nos cargamos el equipo y empezamos a caminar.

Al salir de Plaza Argentina mucho no lo notamos, pero dos horas más tarde, habiendo pasado el C1 y estando justo en ese punto donde los caminos se dividen —uno hacia el C2 llamado “Campo 3 Guanacos” y el otro hacia el C2 Polacos (6000m.s.n.m.), que era adonde nos dirigíamos—, el frío se hizo notar.

El viento nos calaba los huesos; el frío había hecho de nuestros tapabocas un pedazo de trapo congelado. Así que apuramos el paso para no pasar frío y llegamos al C2 Polacos.

Recién estaba aclarando y, como de costumbre, el frío, con las primeras luces del día, parecía tomar más fuerza y —por momentos— se hacía insoportable, muy doloroso.

Con toda la prisa nos pusimos los arneses, nos “vestimos” para la escalada y empezamos. Las condiciones del glaciar eran excelentes. Parecía un suelo de arce blanco que nos daba mucha seguridad al clavar las puntas de los grampones.

Parecía escucharse una musiquita bajo nuestros pies, cada vez que las puntas se clavaban en la nieve. Y así, al ritmo de los grampones, progresábamos mientras el sol nos iba calentando lentamente, hasta que se hizo de día.

El calor se hizo notar. No demasiado, pero lo suficiente para tener que detenernos, desabrigarnos, hidratarnos y embadurnarnos la cara con protector solar.

Una vez que nos pusimos las antiparras, seguimos con la escalada. Ni una nube, un sol tibio y, cuando de la nieve pasamos al hielo, la firmeza seguía presente. Tal vez, por momentos, el hielo superficial parecía resquebrajarse de más, pero, debajo de este, las puntas de los grampones y las piquetas se clavaban con firmeza.

Llegamos al sector denominado “Cuello de Botella”, donde la escalada se vuelve un poco más vertical. Diría que, en aquel momento, 70° era la inclinación de la pendiente. Por suerte, la nieve dura y el hielo daban mucha seguridad.

Este tramo lo lideró Nani-k y, con toda la seguridad que lo define, comenzó a escalar ese tramo. Parecía escucharse una melodía cada vez que clavaba las piquetas, y las puntas de sus grampones se afirmaban sobre el terreno. A buen ritmo, iba progresando sobre el Glaciar de los Polacos.

Estando él varios metros más arriba mío, lo seguí. El vacío detrás nuestro parecía acariciarnos como un gato mimoso.

En ese momento todo se mezclaba: temor, seguridad, concentración, determinación, fuerza, placer, equilibrio. Un presente absoluto. Y no había lugar para el error.

Estábamos a más de 6500 m s. n. m., escalando en “solo”, sin cuerda. Unidos solo por la pasión de hacer algo maravilloso, esperado desde hacía mucho tiempo. Una unión que, muchas veces, es más fuerte que una cuerda.

Las horas pasaban y nosotros seguíamos a paso firme. No íbamos muy rápido, ya que, más arriba, la nieve empezó a estar más inestable y era más costoso avanzar, pero aun así… no había vuelta atrás.

Era para arriba. No había opción. Y eso no solo es escalar: eso… es vivir. Sin otra opción que seguir para adelante.

Llegamos a “La Chimenea”, un sector donde hay que ascender por… una chimenea, valga la redundancia, y para ingresar había que realizar unos pequeños pasos de escalada.

No muy difíciles, pero con el vacío debajo nuestro que, como una boca hambrienta, parecía esperar que alguno cayera. No sucedió. No era el momento de darle de comer.

Fui primero. Una vez superada la sección más técnica, me acomodé en una repisa y lo esperé a Nani-k que, con una sonrisa, superó esa sección y continuamos.

Quedaba el tramo final. Pero la nieve en esa parte de la montaña se había acumulado y era caminar con nieve hasta las caderas. Debajo de nuestros pies no encontrábamos mucha firmeza.

A ese punto, no teníamos opción: había que seguir. Así, paso a paso, abriendo huella, buscando rocas, hielo y algo de firmeza para clavar los grampones, fuimos superando esa sección hasta que, al fin, llegamos al filo cumbrero.

Había terminado la escalada. Ahora era caminar. El cansancio hacía que las piernas pesaran el doble, me costaba respirar, pero al fin habíamos llegado a la cumbre del Aconcagua.

Habíamos escalado el Glaciar de los Polacos desde Plaza Argentina en una sola jornada.

Ahora, había que volver. Y la bajada, como suelo decir… nunca es fácil.

Lo más rápido que pudimos llegamos a la Cueva (6700m.s.n.m.), y encontramos a Horacio —un guía y amigo nuestro— que, bajando de la cumbre, había encontrado a un extranjero moribundo.

Le había inyectado dexametasona, había llamado a los de la Patrulla de Rescate, pero el sol se estaba yendo y él no quería dejarlo solo. Tampoco podía quedarse mucho tiempo, porque sus clientes necesitaban bajar.

Por otro lado, su asistente que más temprano había bajado con los que no habían podido llegar a la cumbre, venía subiendo desde Cólera (6000m.s.n.m.).

Y entre todo ese quilombo, aparecimos nosotros.

Horacio estaba furioso con los que habían abandonado al pobre extranjero. Nosotros, si bien estábamos cansados y con ganas de volver a nuestro “hogar”, no pudimos dejar de lado la situación.

Mientras Nani-k lo ayudaba a Horacio a moverlo y hacerlo caminar, yo bajaba con el grupo.

Muy lento fuimos bajando hasta Independencia (6400m.s.n.m.), donde justo estaba llegando la asistente junto a la Patrulla de Rescate.

Una vez la situación en manos de la Patrulla, lo más rápido que pudimos, bajamos a Plaza Argentina. Había sido una jornada larga, y con el “rescate”, se había alargado a 24hs de actividad constante.

Hoy… después de más de diez años, me siento a escribir este humilde relato, más bien “recuerdo”, que espero sea de agrado a muchos.

Y también, de inspiración para siempre… seguir para adelante. Porque, en definitiva, eso es la vida.

Sebastián Satke