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Una foto... y pura felicidad

Por Sebastián Satke

Denali, Alaska, a 3500 m, a las 10 de la noche y todavía de día

Denali · 3500 m · 22 hs

«Pero ¿qué es la felicidad sino la simple armonía entre un ser y la existencia que lleva?»

Albert Camus

I

La foto la saqué en Alaska, a 3500 m, a las diez de la noche. Y todavía era de día.

O, mejor dicho, uno de nuestros relojes decía que eran las diez de la noche.

El sol decía otra cosa. El paisaje decía otra cosa. Y probablemente el cuerpo también.

Eso es lo interesante de viajar, de caminar, de subir montañas y de formar parte de entornos diferentes.

Uno sale por un momento del lugar conocido, donde casi todo parece normal, y descubre que muchas de las cosas que consideraba naturales eran solamente costumbres.

Cambia la altura. Cambia el aire. Cambia el frío. Cambia la duración del día. Cambia la manera de caminar, de dormir, de comer y de administrar la energía.

El cuerpo deja de poder actuar de memoria y tiene que volver a prestar atención.

Por eso esta no es solamente una fotografía de Alaska.

Es la fotografía de un momento en el que el reloj decía una cosa y el mundo mostraba otra.

II

Nos acostumbramos tanto a mirar una pantalla para saber en qué momento estamos que terminamos confundiendo la hora con el tiempo.

Pero la hora digital es apenas una de las formas posibles de medirlo. Es una convención que inventamos para coordinarnos, no una descripción completa de lo que está sucediendo.

Durante la mayor parte de la historia humana, el tiempo no se leyó solamente en un número. Se leyó en la posición del sol, en las fases de la luna, en las mareas, en la temperatura, en el movimiento de los animales, en la aparición de determinadas plantas, en la nieve, en el hielo y en el agua.

El tiempo se reconocía por los acontecimientos.

Por ejemplo, volviendo a Alaska, los pueblos originarios no constituyen una única cultura. Existen pueblos iñupiat, yup’ik, dené, unangax̂, alutiiq, tlingit, haida y tsimshian, entre otros, cada uno con su historia, su lengua y su territorio. Sin embargo, en muchas de esas comunidades la vida tradicional se organizaba mediante ciclos directamente relacionados con el entorno.

No bastaba con que un almanaque anunciara una estación. Había que observar si el hielo realmente se había formado, si el río podía cruzarse, si había comenzado el deshielo, si habían llegado los peces, si se acercaban los caribúes, si aparecían las aves migratorias o si determinadas plantas estaban listas para ser recolectadas.

La actividad comenzaba cuando las condiciones estaban presentes.

Los pueblos del norte llamaban a esa forma de organizar el año una ronda estacional —seasonal round—: una secuencia flexible de desplazamientos y actividades atada al estado real del territorio y a la disponibilidad de sus recursos. Todavía hoy, los cambios en la formación y la ruptura del hielo afectan los desplazamientos, la pesca, la caza y el acceso a alimentos en comunidades del norte de Alaska. Los ríos congelados pueden convertirse en caminos; cuando las condiciones cambian, también debe cambiar la conducta.

Están, además, los calendarios ecológicos. No dicen solamente «es 15 de mayo». Dicen que cuando se rompe el hielo, llega determinada ave, florece cierta planta o aparece una especie de pez, se aproxima el momento de realizar una actividad.

El almanaque puede anunciar la primavera. Pero es el entorno el que confirma si la primavera realmente llegó.

A la ciencia que estudia esos momentos —cuándo migran los animales, cuándo florece una planta, cuándo llegan el deshielo o las primeras heladas— la llamamos fenología. Y al conocimiento acumulado durante generaciones mediante la observación de animales, plantas, aguas, clima, nieve y territorio, conocimiento indígena o conocimiento ecológico tradicional.

No se trata solamente de recordar datos. Se trata de observar relaciones, reconocer señales y anticipar lo que puede suceder.

De alguna manera, el entorno era el reloj.

Después necesitamos coordinarnos. Aparecieron horarios comunes para trabajar, viajar, estudiar, comerciar y encontrarnos. El reloj permitió que personas diferentes compartieran una misma referencia.

Pero, poco a poco, esa referencia común empezó a presentarse como si describiera una realidad común.

El historiador E. P. Thompson dio un nombre a ese giro: disciplina del tiempo, el proceso mediante el cual el trabajo fue dejando de organizarse alrededor de las tareas para someterse cada vez más a horas uniformes, medibles y controlables. El reloj dejó de indicar solamente el paso del tiempo: también comenzó a ordenar la productividad.

Hoy pretendemos vivir de la misma manera en cada rincón del planeta. Trabajar según horarios parecidos. Comer a determinadas horas. Dormir una cantidad estandarizada. Entrenar con programas idénticos. Organizar el año con un mismo almanaque y medir cada actividad con un reloj o un timer.

Como si una hora significara lo mismo para todos, en todos los lugares y en todos los momentos.

Sin embargo, la igualdad no es la norma de la naturaleza. La diferencia lo es. Pero un montón de iguales genera una masa. Y una masa se maneja fácil: consume más, sin pensar, obedece.

III

No existen dos organismos idénticos. Cambian la genética, la edad, la historia personal, el metabolismo, la capacidad de recuperación, el estado emocional, el estrés acumulado, las experiencias vividas y la respuesta frente a un mismo esfuerzo.

Tampoco existen dos lugares completamente iguales. Cambian la altura, la temperatura, la humedad, el viento, las estaciones y la duración de la luz.

Al desplazarnos cambia, aunque a veces sea apenas perceptible, el momento en que amanece y oscurece. Y cuando nos alejamos lo suficiente, una hora que para algunos significa noche puede transcurrir, como en Alaska, a plena luz del día.

El número es el mismo. El momento no.

A pesar de eso, extendemos un único modelo horario sobre toda esa diversidad.

Hoy trabajamos porque llegó la hora. Dormimos cuando terminó la jornada. Nos despertamos porque sonó una alarma. Descansamos cuando la agenda abre un espacio. Comemos porque son las doce y media, porque tenemos veinte minutos libres o porque apareció comida delante de nosotros.

Ya casi no preguntamos primero qué está ocurriendo en el entorno ni qué está sucediendo dentro de nuestro cuerpo. Preguntamos qué hora es.

Este tiempo uniforme no apareció solamente para ayudarnos a convivir. También se volvió funcional a una sociedad que necesita producir, transportar, vender y consumir de manera continua y previsible. Un cuerpo que trabaja, come, compra, se entretiene y descansa a horarios determinados es más fácil de manipular que un organismo que responde a sus propios ciclos… e ideas.

El problema no es que exista el reloj. El problema comienza cuando una herramienta creada para coordinar nuestras diferencias termina obligándonos a vivir como si esas diferencias no existieran.

Nuestro organismo, mientras tanto, continúa respondiendo a otros tiempos.

Esos ritmos temporales de los seres vivos tienen su ciencia, la cronobiología, y en su centro están los ritmos circadianos: procesos de aproximadamente veinticuatro horas que participan en la regulación del sueño, la temperatura corporal, la actividad hormonal, el apetito, la digestión, la energía y el estado de alerta.

Estos ritmos no se sincronizan solamente mirando un reloj. Reciben señales de la luz, la oscuridad, la temperatura, la alimentación, el movimiento, el estrés y la actividad social. La luz y la oscuridad se encuentran entre las más importantes. Y no hemos evolucionado. Nuestro organismo responde a eso, como hace miles de años.

A esas señales ambientales que sincronizan nuestros ritmos los alemanes las llamaron zeitgebers, algo así como «dadores de tiempo». La luz solar es uno de los principales. Y el fotoperíodo —la duración diaria de la luz— cambia según la latitud y la estación.

En lugares como Alaska, esa diferencia puede ser extrema. Durante ciertos momentos del verano hay claridad hasta muy entrada la noche, mientras que en invierno las horas de luz se reducen enormemente.

El reloj puede marcar las diez de la noche. Pero la luz continúa enviándole al organismo una señal de día.

Cuando el tiempo del cuerpo y el tiempo social dejan de coincidir, los investigadores hablan de jet lag social: la diferencia entre los horarios que nuestro organismo tiende a seguir y los que imponen el trabajo, la escuela o las obligaciones.

IV

Es una forma que se repite. Hasta con la comida.

Para quienes vivimos con acceso permanente a los alimentos puede resultar difícil distinguir entre hambre, deseo, costumbre, aburrimiento y estímulo.

Comemos porque llegó la hora. Porque vimos comida. Porque sentimos su olor. Porque estamos ansiosos. Porque somos adictos.

La fisiología distingue, aunque ambos sistemas se relacionen, entre una regulación homeostática, vinculada con las necesidades energéticas, y una alimentación hedónica, impulsada por el placer y la recompensa aun cuando no exista una carencia energética inmediata.

Eso no significa que disfrutar de la comida esté mal. Significa que no todo deseo de comer nace del mismo lugar.

Muchos de nosotros quizás ya no sabemos qué es el hambre que aparece después de una ausencia prolongada de alimentos.

No digo esto para romantizar el hambre involuntaria. Pasar días sin comer por pobreza, guerra, abandono o falta de recursos es sufrimiento, y muchas personas todavía lo padecen. Ese no es el tema.

La idea es otra. Durante gran parte de nuestra historia, el organismo tuvo que adaptarse a variaciones entre disponibilidad, esfuerzo, espera, abundancia y escasez. Hoy, una parte de la población vive rodeada de alimentos y estímulos permanentes. Podemos comer antes de que aparezca una necesidad fisiológica clara y perder, poco a poco, la capacidad de reconocer la diferencia entre tener hambre, tener ganas de comer y creer que debemos hacerlo porque llegó la hora.

Esa capacidad de sentir e interpretar las señales internas —el hambre, la saciedad, la sed, la respiración, el dolor, la temperatura, la fatiga— es la interocepción. El neurocientífico Bud Craig estudió cómo la representación de esas señales corporales contribuye a nuestros sentimientos subjetivos y a la percepción del estado del propio cuerpo.

Podemos medir cada minuto del día y, al mismo tiempo, dejar de percibir lo que sucede dentro de nosotros.

Pero hay algo más. Así como nuestro organismo necesita ritmos y regularidades para sobrevivir, también necesita adaptarse a un mundo que nunca permanece completamente quieto.

Rutina no significa calendario digital. El sueño y la vigilia son ritmos. El esfuerzo y la recuperación son ritmos. El hambre, la saciedad, la actividad y el descanso también lo son. Son regularidades biológicas mucho más antiguas que nuestros relojes.

Pero conservar la vida no significa permanecer siempre igual.

Hans Selye dio a la respuesta general del organismo frente a una demanda de adaptación un nombre que después se nos deformó: estrés. Lo definió como la respuesta no específica del cuerpo ante cualquier demanda de cambio, e insistió en que no es intrínsecamente malo: para eso acuñó una segunda palabra, eustrés —del griego eu, «bueno»—, para el estrés que sostiene, motiva y hace crecer, en oposición al distrés, el que desborda. Su frase más citada lo resume: «la libertad completa del estrés es la muerte» (Stress Without Distress, 1974). No se refería a estar nervioso, tenso o ansioso, como solemos usar hoy esa palabra.

El frío es una demanda. La altura es una demanda. El ejercicio es una demanda. El hambre, el aprendizaje, el esfuerzo, la novedad y la incertidumbre también obligan al organismo a responder.

Selye describió un síndrome general de adaptación con sus etapas de alarma, resistencia y —cuando la demanda se prolonga más allá de la capacidad de respuesta— agotamiento. E insistió: estrés y tensión nerviosa no eran sinónimos.

Por eso no necesitamos vivir angustiados. Necesitamos vivir respondiendo a demandas.

La ausencia total de desafíos no es necesariamente equilibrio. Es casi estar muerto.

Pero una demanda permanente, excesiva y sin recuperación tampoco produce una adaptación favorable. Produce desgaste. También la muerte.

Entre ambos extremos ocurre la vida.

Bruce McEwen lo pensó con la idea de alostasis: la capacidad de conservar la estabilidad mediante el cambio. El organismo no sobrevive porque permanece idéntico, sino porque modifica su funcionamiento, responde a las circunstancias y, cuando la demanda termina, recupera el equilibrio. Las mismas respuestas que resultan protectoras durante un período breve pueden volverse dañinas cuando permanecen activadas demasiado tiempo, y ese desgaste acumulado es lo que McEwen llamó carga alostática.

Necesitamos estabilidad. Pero también necesitamos variación. Necesitamos hábitos que nos sostengan y experiencias que nos obliguen a volver a mirar.

V

También entrenamos dentro de esa tensión.

El timer indica que comienza otra serie. El programa dice que hay que completar cinco repeticiones. El calendario señala que hoy corresponde entrenar pesado.

Y obedecemos. Aunque la respiración todavía no se haya recuperado. Aunque la técnica haya cambiado. Aunque el cuerpo esté enviando señales de fatiga, dolor o falta de coordinación.

A veces seguimos cumpliendo el plan a costa de una lesión o de meses de estancamiento, como si el programa supiera más sobre nosotros que nuestro propio organismo.

No vemos a un león, antes de salir corriendo detrás de una presa, programarse para utilizar exactamente el ochenta por ciento de su velocidad. No calcula de antemano una intensidad ni espera que un timer le ordene cuándo debe acelerar.

Observa. Espera. Se mueve según la distancia, el terreno, la presa, su energía y lo que está sucediendo en ese momento.

No corre siempre al máximo ni siempre de la misma manera. Responde a la situación. El animal no separa el esfuerzo del entorno.

Nosotros, en cambio, muchas veces escribimos primero el número y después intentamos obligar al cuerpo a cumplirlo.

En el entrenamiento hay una palabra para lo contrario: autorregulación. Ajustar la carga, las repeticiones, el volumen o el descanso de acuerdo con las fluctuaciones del rendimiento y la capacidad real de ese día. Herramientas como el RPE, las repeticiones en reserva o la velocidad de ejecución intentan que el programa se adapte a la persona, y no solamente que la persona se someta al programa.

Pero incluso esas herramientas siguen siendo mediciones. Sirven mientras no sustituyan la observación.

El timer sigue siendo útil. El programa también. Pero ninguno sabe por sí solo cómo dormimos, cuánto estrés acumulamos, qué comimos, qué dolor arrastramos, cómo nos sentimos ni qué calidad tiene la repetición que estamos haciendo.

Un mismo peso no representa el mismo esfuerzo para dos personas. Ni siquiera representa el mismo esfuerzo para una misma persona en dos días diferentes.

El reloj, el almanaque y el timer son herramientas extraordinarias. No se trata de abandonarlos. Se trata de recuperar el orden correcto.

VI

Los pueblos que dependían directamente del territorio no podían obligar al río a congelarse porque hubiera llegado una fecha. No podían ordenar que regresaran los peces, que aparecieran los animales o que madurara una planta. Tenían que abrir los ojos, reconocer las señales y adaptarse al momento.

En la montaña ocurre lo mismo. Uno puede llevar un horario, una ruta, una planificación y un pronóstico. Pero el frío, el viento, la nieve, la altura y el cuerpo tienen la última palabra.

La montaña obliga a mirar, a observar. Obliga a detenerse. Obliga a reconocer que el plan era solamente una posibilidad y que la realidad está sucediendo ahora.

Tal vez por eso viajar, caminar por territorios distintos y subir montañas sea mucho más que trasladarse de un lugar a otro. Es entrar en contacto con otros tiempos. Es descubrir que el día no dura lo mismo en todas partes, que el cuerpo no responde igual en cada altura y que lo que parecía una regla universal era apenas una costumbre del lugar del que veníamos.

A veces hace falta alejarse para volver a ver.

Pero salir y vivir no solamente cambia nuestra forma de pensar. También modifica la manera en que el cerebro y el organismo registran el mundo.

Una pantalla puede mostrarnos Alaska. Un visor de realidad virtual puede construir una imagen convincente. Un piso artificial puede imitar una pendiente, la nieve o las piedras. Pero ninguna simulación reproduce por completo el frío en la cara, el peso de una mochila, la falta de aire, el equilibrio sobre un terreno irregular, el cansancio de las piernas, la incertidumbre ni la emoción de estar realmente allí.

Una experiencia virtual puede producir emociones y recuerdos. Pero mirar un lugar y vivirlo con todo el cuerpo no son la misma experiencia.

El organismo no registra únicamente lo que entra por los ojos. También registra el movimiento, la temperatura, el equilibrio, la respiración, el esfuerzo, los sonidos, los olores y las sensaciones internas que acompañaron ese momento.

Los estudios de Eleanor Maguire con taxistas de Londres mostraron que años de navegación espacial intensa estaban asociados con diferencias estructurales en regiones del hipocampo relacionadas con la memoria y la orientación. No significa que cualquier viaje produzca automáticamente nuevas neuronas. Sí muestra que la experiencia sostenida y las demandas reales pueden relacionarse con la plasticidad del cerebro adulto.

Aprender, moverse, explorar y resolver situaciones nuevas pueden modificar la eficacia y la organización de los circuitos neuronales. Eso es neuroplasticidad.

Y al revés: frente a las pantallitas nos transformamos en bípedos sin memoria, sin recuerdos. Obedientes a órdenes digitales.

Pero no cualquier dificultad nos mejora. No todo estrés fortalece. La intensidad, la duración, el significado de la experiencia y la posibilidad de recuperarnos determinan si una demanda favorece la adaptación o termina desgastándonos.

Necesitamos raíces. Pero también necesitamos movimiento. Necesitamos rutinas que nos sostengan y experiencias que nos obliguen a despertar.

Viajar no es solamente ver otros lugares. Caminar no es solamente desplazarse. Y subir una montaña no consiste solamente en alcanzar una altura determinada.

Es permitir que el cuerpo se encuentre con una realidad que no controla. Es ser parte del mundo.

Si dejamos de salir, de caminar, de explorar, de mirarnos a los ojos aún entre desconocidos, corremos el riesgo de cargarnos de información ajena, de ruido, y quedarnos con cada vez menos realidad.

Podemos conocer la apariencia de miles de lugares sin haber sentido ninguno. Podemos llenar nuestra memoria de imágenes y construir cada vez menos recuerdos.

Por eso, quizás la armonía con el entorno no consista en vivir sin estrés, sin esfuerzo, sin límites ni dificultades. Quizás consista en reconocer las demandas reales del momento y poder responder a ellas sin quedar atrapados.

Saber cuándo avanzar. Cuándo esperar. Cuándo esforzarnos. Cuándo descansar. Cuándo seguir un plan. Y cuándo dejarlo de lado porque el cuerpo y el mundo están diciendo otra cosa.

Tal vez a esa capacidad de participar conscientemente en nuestra propia adaptación podamos llamarla: libertad.

Y quizás por eso la felicidad de la que hablaba Camus no sea una vida sin problemas. Quizás sea esto: vivir en armonía.

Y armonía no es calma. Es estar, día a día, respondiendo a lo que el momento pide. Porque la felicidad no es una carcajada. No es un grito eufórico. Ni siquiera es una sonrisa. Es otra cosa más callada.

Es: estar lleno de ese momento.

Por eso, al final, una foto no es solo una foto. No solamente es un paisaje.

Es un momento.

Ser parte o no, es una decisión.

Sebastián Satke

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